miércoles, 16 de abril de 2008

Pensando en Bibiana Aído: militar no tiene porque ser sinónimo de hacer política

He oído en los últimos días comentarios muy machistas sobre distintos miembros del nuevo gobierno Zapatero. No creo que ser mujer, estar embarazada, ser más o menos guapa y estar más o menos preocupada por la ropa que se usa pueda ser un motivo para poner en duda la futura gestión de nadie. Dicho esto, también he escuchado críticas a la juventud de alguna de las ministras escogidas y, junta a esas críticas, distintos argumentos para rebatirlas: que si militan en el partido socialista desde su más tierna infancia, que si la herencia familiar, que si ya han desempeñado otros cargos de cierta responsabilidad. Yo no dudo a priori de nadie pero creo que ninguno de estos argumentos vale. Ni la militancia partidista, ni tener un padre o una madre con pedigrí, ni haber sido nombrado para tal o cual cargo garantizan nada. Más bien me parece que es al contrario. Tal como funcionan los partidos políticos pertenecer a ellos puede proporcionar una gran experiencia en conspiraciones, compra de voluntades, funcionamiento de sectas y lealtades inquebrantables pero hacer política es otra cosa y tener capacidad para ser ministro, otra distinta. Para hacer política, lo primero, es no tener que vivir de ella. Política es debatir, reflexionar, pensar por cuenta propia, decir que no cuando toca. Cosas que, a día de hoy y contra lo que dice la Constitución, son más fáciles de hacer desde fuera de los partidos que desde dentro. Miren si no lo que dice el líder del PP en Valencia, Francisco Camps, de cara al próximo congreso de su partido: “aquí no hay disidentes que para eso ya están Cuba o Corea”. Si en los partidos se hiciera política, el autor de estas afirmaciones duraría 30 segundos al frente de la organización. En cuanto a estar en condiciones de ser ministro, es evidente que a un cargo puede llegar cualquiera, con 80 años o con 20, sólo es necesario que le nombren a uno. Ocupar un sillón es sencillo, pero estar no es lo mismo que ser. Todos sabemos de gestores incompetentes que valen igual para un roto que para un zurcido y ocupan altos cargos para los que no están preparados, que igual que llegan un día cesan y que se van con más pena que gloria y sin dejar ningún recuerdo positivo de su paso. Estamos hartos de casos así. Pero no se trata de eso. Ser ministro no es cualquier cosa y estaría bien que sólo llegaran a estas altas responsabilidades personas solventes, intelectualmente muy formadas, con acreditada experiencia en los temas o tareas a desempeñar y con un proyecto en la cabeza. Uno siempre agradecería haber leído alguna cosa de la persona escogida y ver si en su contenido hay motivos de esperanza pero no se muy bien porque se acostumbra a apostar por gente que no escribe. Una pena.

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