martes, 5 de febrero de 2008

Que valiente es el cardenal

Me da bastante igual lo que digan obispos y cardenales pero me molesta que me tomen por idiota. Por eso escribo lo que sigue. Leo al arzobispo de Toledo Antonio Cañizares. Asegura que “la iglesia no callará jamás y no será silenciada por los poderes de este mundo”. ¿Cómo? Lo primero que me asalta es la imagen de Franco. Cuarenta años bajo palio. ¿Le perece eso poco silencio al señor Cañizares?
La iglesia católica me parece un grupo respetable de gente organizada, tan legítimo como cualquier otro. Muy numeroso, ciertamente. No tienen la obligación de ser coherentes, ni generosos, ni caritativos. Deben cumplir la ley, como todos los demás. Sólo eso. Pueden opinar lo que quieran sobre lo que quieran pero deben dejar en paz a los que, dentro de la ley, no piensan como ellos. A la iglesia católica no se la ha de tratar peor que a cualquier otro grupo organizado, ya sea un club de tenis, una ONG o una asociación dedicada a la organización de debates sobre biología. Pero tampoco mejor. Los acuerdos España-Santa Sede deben denunciarse no por las malas relaciones que hoy mantienen la cúpula católica y el gobierno Zapatero sino porque son contrarios al mandato constitucional que proclama que todos los ciudadanos somos iguales ante la ley. Cada uno que se pague sus aficiones, sus creencias, sus vicios y sus manías. Es lo que se llama autofinanciación. Hay quien asegura que la iglesia católica lleva a cabo actividades de interés social que si dejaran de hacerlas sería el caos. Yo no lo creo. No estamos en el siglo XIX. La red de asistencia social del Estado tiene suficientes posibilidades sin tener recurrir a la caridad. De todas formas, si hay grupos vinculados a la iglesia católica que llevan a cabo actividades socialmente útiles, que se les pague como corresponde. Pero que eso no sea la excusa para que toda una religión se organice a costa de los demás. Lo dicho, cada uno que se pague su fe, su ocio y sus rarezas.

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